En un patio cuadrado del siglo pasado retomamos el coloquio con el pájaro. No resulta difícil. ¿De qué podríamos estar hablando con un pájaro sino de estupideces, de cuestiones del momento?
Allá vamos o allá seguimos.
El patio, el pájaro y nosotros somos otros, aunque somos los mismos. Otros y los mismos son también los personajes secundarios, el elenco completo del show de la mañana, los que van y vienen y no se quedan más que durante el instante en que son percibidos. Los que no están cerca ni están lejos. Los que ahora están y ahora no están.
Del modo en que sea, en este ahora de la conversación con el pájaro, a nuestra izquierda el mar, a nuestra derecha, la pampa inmarcesible; a nuestra espalda el norte; a nuestro frente el sur.
Con el pájaro conversamos acerca del norte y acerca del sur. Hablamos bien del norte y hablamos mal del sur. Odiamos al sur. Odiamos al viento del sur. Odiamos cada letra del vocablo “sur”. Por suerte son pocas letras las que tenemos que odiar, son tres.
El norte, en cambio, nos dio la vida; al menos nos dio una vida, una ya larga vida en el transcurso de la cual nos dedicamos a odiar al sur.
“Felices los que odian, esos minuciosos” (esto no lo decimos nosotros, lo dice el pájaro).
En realidad, nada lo decimos nosotros, todo lo dice el pájaro. Nosotros nos limitamos a estar de acuerdo con todas y cada una de las proposiciones del pájaro, por idiotas que sean. No podemos sino estar de acuerdo con él, es algo que debe de venir en nuestra información genética.
Ahora es otra la tinta con la que registramos la conversación con el pájaro. Desde luego que, lo mismo que en el caso de las erratas que plagan estos borradores, nadie se va a dar cuenta de este detalle. Mejor dicho, nadie se daría cuenta si hubiera alguien como para darse cuenta.
Del modo en que sea, el solo hecho de decir que ahora la tinta es otra (aunque siga siendo la misma) haría que se tomara por cierto que la tinta es otra. Cosas de la imagen, cosas de plantar una imagen.
“Esto ya lo dijimos tantas veces”, nos dice el pájaro con un tono levemente reprobatorio.
Tiene razón, ya lo dijimos tantas veces, eso de que cualquier imagen, por ser imagen, funciona como verdadera y genera su fábula. Tiene razón el pájaro, lo dijimos tantas veces a pesar de que se trata de una cuestión que no nos interesa para nada.
Del modo en que sea, acá estamos ahora, el pájaro y nosotros, otros desde luego, aunque los mismos… y en el mismo patio, que es otro patio. El pájaro y nosotros, actuando porque sí una conversación del siglo pasado.
Acá estamos entonces, pura imagen. Funcionando para el registro del show de la mañana. Y acá está esta mañana que no es más que una mañana; que no es más, para el registro, que el vocablo “mañana”.
“La anotamos entre comillas”, dice el pájaro, “para objetivarla, para darle más patetismo a su condición de imagen cualquiera”.
Claro, estamos de acuerdo con el pájaro porque no nos interesa. ¿Qué nos puede interesar? Nada.
Lo único que nos interesa, y tampoco es que nos interese, es el registro de estas internaciones en el vocablo “mañana”, en el vocablo “pájaro”, en el vocablo “nosotros”. Así, todos encomillados, como propone el pájaro en la creencia de que con el encomillado se consigue darle más cuerpo a todas esas imágenes que funcionarían igual, que serían igual de espesas si prescindiéramos de las comillas.
Pero vamos con las comillas, ya dijimos que no podemos no estar de acuerdo con el pájaro.
En Del modo en que sea


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