Ahora el Domo está a nuestra izquierda. Enseguida, casi de inmediato, va a estar a nuestra derecha. Es como si ya estuviera a nuestra derecha. Claro que “enseguida” y “casi de inmediato” no garantizan nada: no aseguran que el Domo llegue alguna vez a ocupar esa posición. Tal vez nunca esté a nuestra derecha. Aunque ahora —ahora mismo, que ya es otro ahora— el Domo está, efectivamente, a nuestra derecha. Y después de ese ahora, va a estar a nuestra espalda. Y entonces ¿qué? Ya casi no da para pensar, para seguir pensando, en el Domo y en sus ubicaciones relativas a nuestro desplazamiento.
Con o sin el Domo, lo que cuenta es el desplazamiento. Queremos decir: lo que importa en este asunto, en este empeño de llegar a un punto final provisorio, es el movimiento mismo. Puro desplazamiento, sin derecha ni izquierda, sin adelante ni atrás, sin arriba ni abajo, y también sin el gris tormentoso que hace un momento teñía la cuestión del Domo, primero a la izquierda, después a la derecha. Desplazamiento, transcurso, movimiento. Lo que se mueve hasta que deja de moverse. Sin trampas. Sin trampas conscientes, al menos.
Porque el sistema, este empeño nuestro —el empeño entero—, de todos modos se materializa en trampas. Son trampas inherentes: no facilitan nada y tampoco entorpecen nada. Podría pensarse en un caudal que avanza por un cauce. Cuando decimos “podría pensarse”, la imagen es arbitraria, como cualquier otra que hubiéramos elegido. Eso también es una trampa, pero inevitable: es el material mismo del que está hecho el empeño. Llamarlo empeño, de hecho, es otra trampa.
No vale la pena buscar otras imágenes. Mejor dicho: está prohibido buscar otras imágenes. No nada más buscar imágenes, sino buscar cualquier cosa. Hay que seguir, ir a ciegas, aunque veamos con toda claridad el Domo, ahora a la izquierda, ahora a la derecha, nítido en ese gris pobre de la tormenta, que ya no es gris ahora que nos alejamos lo suficiente. A ciegas, viendo. Viendo y a ciegas.
Las trampas —la sucesión de trampas— ya están ahí, sin que nosotros las usemos. Al contrario: son ellas las que nos usan, las que nos mueven, incluso hasta el punto de hacernos cambiar de persona narrativa, cosa que hasta el momento no sucedió. De trampa en trampa, y a ciegas viendo: ese es el mecanismo. Eso que llamamos empeño y que podríamos haber llamado de cualquier otro modo, porque de algún modo hay que llamarlo. Está prohibido no llamarlo de ningún modo. Hay que decir lo que sea que pueda ser dicho.
Transcurso, cauce, caudal, empeño, trampa, gris tormentoso, gris pobre —la pobreza del gris—, Domo: ahora a la izquierda, ahora a la derecha, ahora quién sabe, aunque podamos jurar que está a nuestra espalda, pese a no tener ojos ahí. Confiamos en la configuración. Confiamos en las trampas del transcurso. Creemos en algo así como un mapa y decimos que creemos en algo así como un mapa para seguir transcurriendo.
Pero, dado el empeño, no necesitamos de ningún mapa, ni de nada que se metaforice como un mapa. Todo se va a cumplir. El punto final provisorio va a ser alcanzado: a ciegas, viendo; con mapa, sin mapa; con algo así como un mapa, sin nada de eso. La cuadrícula, fáctica o imaginaria, va a ser rellenada. Podría verse de cerca y de lejos. Y cualquiera que la viera, desde donde fuera, no tendría la menor duda de estar viendo una cuadrícula rellena, y sabría —o creería saber— que antes estaba vacía, y que fue un transcurso, un empeño lo que la rellenó. Etcétera.


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