El juego - Isaías Garde - Textos en transición

lunes, 1 de junio de 2026

El juego

No se necesita ningún lugar en particular para jugar a esto. Basta con una protección mínima contra la intemperie, y aun eso depende de qué entendamos por intemperie. Bajo una lluvia torrencial, por ejemplo, sería difícil sostener el juego. Pero alcanzado un resguardo elemental -un techo, una galería, una sombra propicia-, jugamos. Eso es todo.


Conviene declarar desde el principio que no se trata de una competencia. No hay resultado, no hay meta, no hay marcador. Es, en cierto sentido, un juego infantil; sirve para colmar un momento y pasar a otro, para ir llenando momentos sucesivos o discontinuos hasta que el tiempo, por su cuenta, haga lo que tenga que hacer. Y es, además, un juego inmediatamente olvidable. No deja bases para versiones futuras, ni mejores ni peores. Se juega, se olvida y se empieza otra vez. Aunque también podría sostenerse que, en el olvido, el juego no se pierde del todo. Pero habría que hilar demasiado fino para que eso quedara claro y, la verdad, acá no estamos para eso. Nos trabaríamos en matices, nos distraeríamos de aquello -fuera lo que fuera- que al jugar desplazamos, movemos de un lugar a otro.


Porque algo se mueve. Eso parece seguro. De un comienzo (o algo así) a un final (o algo así) sin resultado; de un tiempo a otro sin averiguar demasiado, sin averiguar nada en realidad sobre lo que se está desplazando. Incluso sin saber si hay alguna transformación o si todo consiste en un puro ejercicio, en el gesto mismo del movimiento.


Del modo en que sea, acá estamos, mínimamente protegidos de la intemperie, jugando. Afuera -afuera del resguardo- la intemperie es, por ahora, benévola. No hay señales de las golondrinas, que por estas fechas uno esperaría o supondría. El contexto climático -sol, flores, ruidos amortiguados; no golondrinas- resulta familiar. Es casi idéntico al de hace un momento, cuando hicimos la última constatación. No debería sorprendernos. Tampoco debería sorprendernos que, de pronto, el clima cambiara por completo. Todo puede suceder aunque no suceda nada. Y si sucediera todo tampoco estaría sucediendo nada.


Sol, flores, ruidos amortiguados; no golondrinas. Apariciones, no ocurrencias. Las ocurrencias pertenecen a la historia. Son materia de exégetas que no juegan a esto, que juegan a otra cosa en apariencia menos inútil. Únicamente en apariencia. Porque todo -siempre- es apariencia, nunca acontecimiento pleno. Todo es agitación, y esa agitación se agita en la imperturbabilidad. Que no moleste la extensión de este término: sirve para ocupar un buen tramo de espacio, para espacializar un buen fragmento de tiempo. Cada cosa que aparece -no que ocurre- en este juego se justifica por el mero hecho de aparecer. No necesita más. En definitiva, no hay nada que ordenar, no hay cuentas que ajustar.


Del modo en que sea, resumamos. El lugar mínimo. El clima, estable o cambiante. Ninguna golondrina en su fecha presunta. Este ejercicio: un transporte azaroso que quizá no transporte nada, que quizá no sea nada. A esta altura debería estar produciéndose el olvido inmediato del juego; tal vez ya ocurrió y más de una vez desde que lo mencionamos por primera vez hasta ahora que lo mencionamos otra vez. No es asunto nuestro verificarlo.


Admitamos, porque sí, una sola ocurrencia, una única concesión a la historia: el olvido inmediato del juego. Todo lo demás -lo que aparece y desaparece- permanece en su propia justificación, sin saldo, sin conclusión.


En Del modo en que sea


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