Fechar las nubes - Isaías Garde - Textos en transición

martes, 28 de abril de 2026

Fechar las nubes

Fechar las nubes. Qué idea curiosa. Qué idea estúpida, aunque la posteridad, viendo como viene la posteridad, tal vez sabrá apreciarla. ¿Qué nos importa? Nuestro es el placer de fechar, de fecharlo todo, incluso las nubes, sobre todo las nubes. Nuestro es este oficio menor y somos constantes.


El cielo retumba allá lejos. Apenas se lo escucha. Ese ruido amortiguado, distante, viene de las nubes. 


Nubes de ahora. Nubes del día de esta fecha. Podrían llenarse páginas con el vocablo nubes. Podrían llenarse las páginas necesarias - las impuestas- con nubes, al único efecto de sostener la distracción con respecto a lo que sea; para no entrar dócilmente en la vigilia. Para no despertar al idiota, digamos. Para no traerlo a la vigilia. Cosas nubes. Ideas nubes. Vocablos nubes. Caímos en esta instancia nube y resulta fácil salir de ahí.


Del modo en que sea, el tema de las nubes es conducente. Sigue llevándonos a alguna parte. No sabemos a qué parte, porque no lo elegimos ni se nos dieron detalles. Sabemos que vamos: el movimiento lo prueba. Sabemos que vamos a llegar porque ya ocurrió antes, y no una vez sino muchas.


Lo que de verdad ocurre es que la esencia del movimiento es detenerse. Lo que ocurre es que el movimiento se detendrá, y cuando se detenga será porque habremos llegado. A alguna parte, claro. De esa parte, lo único que puede decirse es esto: es la detención del movimiento.


Sabemos algo más. Sabemos que después del movimiento -después de haber llegado- la detención va a volver a moverse. El movimiento va a volver a empezar. Lo sabemos porque ya ocurrió antes, y no una vez sino muchas. Aunque convendría moderar esa certeza: que haya ocurrido antes, muchas veces y de la misma manera, no es garantía de que volverá a ocurrir.


¿Qué nos importa? Mantengamos que ocurrirá. Mantengámoslo, al menos, para no despertar al idiota que se acuna en este movimiento de una nube a otra, para no traerlo a la vigilia. Ya se va a despertar cuando el movimiento se detenga por sí mismo y se haya llegado a alguna parte.


Una vez despierto, el idiota seguirá siendo un idiota, pero despierto. Es decir: ya no será exactamente el mismo idiota que dormía acunado en el movimiento. Ya no será ese idiota, será otro idiota.


Todo este despliegue de vocablos-nube es, por lo tanto, conducente. Conduce, lleva, transporta. Lleva sin vuelta. No se detiene hasta que se detiene; es decir, no se detiene más que por sí mismo. No lo desvían ni lo detienen la frenada de un auto, el ondular de las sirenas verdes o rojas o azules, los graznidos insistentes de un pájaro, las voces que se atropellan por los lugares de circulación. No lo detiene nada. Nada salvo su propia detención.


En cuanto a que volverá a ocurrir, insistimos en que es una verdad relativa. No sabemos hasta qué punto volverá a ocurrir. Porque, aunque la detención vuelva a moverse, no será exactamente como antes. Será casi igual, pero no igual. Para ser precisos: no será igual al ciclo anterior.


Y acá aparece -porque sí- un vocablo peligroso, cargado de veneno: ciclo. Vamos a decirlo una sola vez -quién sabe si vamos a decirlo una sola vez- y después lo vamos a desterrar de este registro.


Del modo en que sea, si este movimiento tuviera alguna finalidad, que no la tiene, que en absoluto la tiene, apostamos a que esa finalidad es -por qué no- mantener dormido al idiota. No traerlo a la vigilia a fechar nubes.


Eso, fechar las nubes, es oficio nuestro.


Eso, mantener dormido al idiota, es nuestro oficio.



En Del modo en que sea



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