“No se sabe muy bien” es una forma discreta de admitir que no se sabe nada. Y no se sabe nada porque, en el fondo y en la superficie, no hay nada que saber, al menos, nada que importe de verdad. ¿Tendría que importarnos aquello sobre lo que, definitivamente, no hay nada que saber? No lo sabemos. La frase se repliega sobre sí misma y queda ahí, girando en falso.
“No lo sabemos”, podemos escribirlo en voz alta: no hay nadie. No va a haber nadie. Así que nos permitimos el lujo de registrar en voz alta lo que ocurre, si es que algo ocurre. Lo difícil no es hablar; lo difícil es convencerse de que efectivamente no hay nadie, de que nunca hubo nadie, de que nunca va a haber nadie. Es que mientras dura el registro aparece una figura: el registrador, ese que supuestamente habla, entonces hay, o parece haber, alguien. Y esa presencia retórica, apenas sostenida por el mecanismo de la enunciación, introduce un desdoblamiento que impide cerrar del todo la convicción de que, en términos absolutos, no hay nadie.
Del modo en que sea. La persona narrativa elegida, primera del plural (alguna hay que elegir), parece complicar lo que pretendía ser simple. Si algo ocurre, nos ocurre; ocurre en el despliegue de esa voz colectiva, ya sea alta, baja o silenciosa. El registro es el que inventa la ocurrencia y el despliegue.
Es eso. No hay nada detrás. No hay fondo. No hay ideas agazapadas detrás de las imágenes. La incongruencia puede sostenerse con perfecta coherencia y prolongarse hasta el infinito. Y por infinito entendamos el adverbio “siempre”. Del adverbio venimos y hacia el adverbio vamos.
No pueden producirse malentendidos. O, mejor dicho, si todo es inexorablemente malentendido, entonces nada lo es. Comprender eso tiene algo de liberador. Abre paso a la marcha decidida hacia ninguna parte, la gran marcha. Este es el trayecto durante el cual se muere como quien cumple un trámite burocrático, para enseguida volver a vivir. A cada rato. Todo el tiempo. Lo que hoy se presenta nos da igual; mañana también nos dará igual, aunque de otro modo. Otro modo de la indiferencia.
Y lo que hoy se presenta (y nos da igual) es (otra vez) la imagen de las golondrinas.
Las golondrinas que no aparecen. Y deberían aparecer porque estas son sus fechas. Deberían aparecer y distraernos de estos embebimientos, aunque no tengamos demasiado claro qué significa exactamente “embebimiento”. Todo es posible e inútil. Lo único que parece funcionar -sin que sepamos por qué ni para qué- es el mecanismo: la dinámica de estar yendo o de estar viniendo. Del modo en que sea, lo de las golondrinas estuvo bien. Y además, con todas las salvedades del caso, es cierto. En otras vidas hubo golondrinas. Muchas. Para estas fechas, que son las fechas de las golondrinas. Hubo golondrinas que suscitaron poemas; suscitar poemas es, desde siempre, un daño colateral de las golondrinas; lo seguirá siendo hasta que deje de serlo, como todo.
Así que vamos a tener que seguir haciendo nada. Todo se nos presenta ya hecho. Poca luz. Mucha luz. Voz alta. Voz baja. Ausencia de golondrinas. Todo dispuesto desde antes de que nos despertáramos con grandes expectativas de algo que no sabemos muy bien de qué se trata.


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