Con unos pocos restos -diurnos y nocturnos- y algo de paciencia, más que de buena voluntad, empezamos a armar este espejismo cortado en frases. No abundan los materiales; tampoco hacen falta.
Aclaremos que estamos en el anverso de la página, en el tramo de los trazos firmes: esa etapa en que la mano avanza con decisión y el ojo la vigila con una diligencia casi excesiva. Conviene decirlo: esto funcionará mejor cuando los trazos se diluyan un poco, cuando el ojo deje de fiscalizar cada movimiento y se permita distraerse. Y se distraerá; más temprano o más tarde, siempre ocurre. Es un dato. Aunque esto no sea un informe, y los datos -sin dejar de ser respetables- no resulten estrictamente necesarios.
Lo necesario es otra cosa: lo que viene y sigue. Lo que viene para seguir. Eso es lo que importa, no porque esté comprobado sino porque sucede. Y lo que sucede no siempre alcanza la categoría de dato; a veces apenas se sostiene como impulso. Se entra en esto con facilidad y con la misma facilidad se sale, aunque salir no sea más que volver a entrar. Salir al laberinto para volver al laberinto; salir de un laberinto hacia otro, si se nos permite la apelación al prestigioso vocablo "laberinto".
Ahora estamos en el reverso de la página, que es igual al anverso salvo por un detalle. Transitar el reverso exige un esfuerzo distinto: tal vez físico, tal vez mental, pura dinámica. Aquí los trazos se vuelven más difusos; pierden la seguridad inicial y se expanden. Ya estamos ahí, en esa estación provisoria, avanzando hacia una nitidez nueva que no será la primera pero tampoco su negación. Nada de esto sería perceptible si estos registros se transcribieran por un medio distinto al manuscrito. Habría que confiar en lo que el registro declara sobre la variabilidad de los trazos, y confiar -o simplemente aceptar- rara vez vale el esfuerzo. No decimos que sea imposible; decimos que no vale la pena.
Reverso adelante, seguimos con lo que se presente. Vamos con lo que viene para seguir, como si avanzáramos a contramano de un hilo de sucesos. Pero no hay hilo alguno. Es el hecho de nombrarlo lo que produce la sensación de continuidad, incluso la ilusión de ir contra algo. Si afirmamos que esto es así, entonces es así; si dijéramos que es de otro modo, sería de otro modo. En esa oscilación nunca acertamos del todo ni nos equivocamos del todo. Hacemos lo que hacemos o dejamos de hacer lo que no hacemos. No hay mayor misterio.
Y así llegamos a otro anverso. Los trazos recuperan cierta nitidez, aunque no la del comienzo. Tampoco la necesitan. Algo es algo; no somos pretenciosos. Somos los que llegamos hasta acá. Somos los que estamos acá porque estamos acá. Cualquier lugar es acá. Nos movemos, cambiamos de página, variamos el trazo, y siempre es acá. Vamos contra lo que viene aun cuando parezca que vamos con lo que viene. Y lo que viene es tanto que parece no venir nada: una acumulación que se vuelve indistinguible, como si avanzáramos contra la nada.
También nosotros somos restos diurnos y nocturnos. No lo ignoramos. Usamos la primera del plural -o el plural mayestático, si se prefiere- para registrarlo. Podríamos optar por la primera del singular o refugiarnos en una tercera impersonal. Da lo mismo. Quien registra va contra lo que viene a irse; es mucho, es tanto, que termina pareciendo nada. Esa abundancia borra la discontinuidad del registro y obliga a inventar una figura, una imagen. Entonces hablamos de un hilo.
Y al hablar de un hilo, lo creamos.
En Del modo en que sea


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