Instrucción enrarecida




Del Jardín taoísta

Capítulo Primero: Discipulado


Dos o tres veces por semana tengo que ir a verla.
Siempre es al final de un día muy largo.
Tengo que atravesar la ciudad helada o ardiente hasta el suburbio del norte donde vive.
Una vez allí, tengo que caminar varias cuadras sin mirar a derecha ni a izquierda por la noche de ese barrio que apesta a secuestro extorsivo.
Al llegar a su casa, a la que se accede por el garaje del vecino, insalvablemente soy hostilizado por un enorme perro negro -también del vecino- que aún no me atacó pero que ya tiene todo el asunto resuelto en su nebulosa mental.
Adentro, en la cocina, el discurso es todo de ella. Todo es de ella.
Mientras cenamos -estuvo dos horas preparando la cena- me cuenta con prolijidad de su perturbación mamaria; de sus últimas desbordantes menstruaciones, síntoma seguro de una menopausia precoz; se extiende hasta casi la lágrima en el asunto de su pobreza inminente por causa de la caída del contrato de su empleo de tarde.
Después de la cena, durante no se sabe cuánto tiempo, permanecemos suspendidos en estado de plasma ante el televisor, que ella había encendido a mi pedido, para que hubiese ruido de fondo; para no estar a solas con su voz en el silencio pantanoso del conurbano.
Al fin nos acostamos y entre sus dos gatos, que irrumpen al instante en la cama, tengo que copular, de algún modo, con ese cuerpo esmirriado que una vez encendido en su hambre, nunca parece estar allí donde uno esperaría encontrarlo.


Más acerca del árbol

El expósito magnífico resplandor del veneno contornea la imparable navidad de todo.

Aquello que hizo que la droga

drogase.

Aquello que hace que la huella sea huella.

El animal que erigiste sobre la

huella.

o

¿de qué hablábamos cuando aún hablábamos?


Paciente

El paciente-testigo de un médico que, liberado de sus instrumentos y a un tiempo en plena posesión de ellos, se hubiese prometido a la muerte por indagación.


Las cosas


¿Averiguaste el grado de disolución que puede alcanzar las cosas sin dejar de ser –nítidamente- las cosas?


Detalles

Fragilidad que soporta sismos, pero no detalles.


Baraja

De sol a sol

esa burda baraja

tus avatares.


Guiños

Guiños de avenimiento innecesariamente sigilosos

malicia-delicia

no significan nada.


Modo

Explicitar aludir

da igual

nada guarda silencio

nada se escucha.


Registro

En el trasfondo de las diez mil miradas somos ese registro con un stress de recuperación evaluable en cero-coma-cero-cero-algo.


Stop

Los sencillos stop que delinean nuestras presencias

que prohíben de toda prohibición aquello que en verdad y en justicia deseamos:

fundirnos en un monstruo inconcebiblemente idiota.


Dovesnake

El correlato de la paloma –dice la voz de tu cristo- es la serpiente

una sencilla y astuta máquina bíblica

¿semejante parámetro glorificaría nuestro factor penitente?

(y también me pregunto: ¿qué te sucede, muerte, que ya no me conoces?)


Demora

Muro de fina lluvia que nos demora aquí

somos

recluidos en esta mañana de infancia

los restos de la noche


Argumento

Espera adentro

fuma como en sueños

esgrime una vez más esa sonrisa inválida

el cansado argumento de su día a día


Pureza

Ahora delatan su pequeño sufrimiento; su pequeña confusión o su pequeña dicha. Instancias de pureza.

¿Aún hay luz entonces?

¿Aún hay resplandor para tus criaturas?


Todo

El samadhi de todo

la obviedad indecible

el cuerpo de los budas


Cristales

La temerosa magia tomó también el mando del resto sano, y aquellos como caballitos de porcelana -que ocurrían al trote o al paso en las siestas de nuestra pradera mental- son ahora un montículo de de cristales blancos dispuesto sobre un plato común de cocina; el veneno aspirable.


Sirenas

Amparado en tu propia canción - afuera

naufragan las sirenas-


Lectura

Creen que los ves pero no los ves

leés sus insulsos epitafios en ellos


Segador

Seduce para una mirada

para segar la súbita flor de esa mirada



En su sonrisa


En su sonrisa viene

a enunciar otra muerte


Patios

Decae la luz en los últimos patios del laberinto

regresan las palomas a la serena desmesura de la mirada del monstruo


El muro

Noche de orientación innecesaria

luz de falsa luna para que –en el muro-

las sombras


Instrucción enrarecida

Repentina amarilla encajonada entre las sombras cercanas lejanas de dos edificios

la luna puede despedazar tu soporte mental

¿Stonehenge? ¿Werewolf? ¿Rachmaninov?


Las cosas

Las cosas siguen siendo las cosas (por si fueses adicta a la belleza)


Visión

Acaba de librarse de la devoración

sirenas policiales

sirenas de ambulancia

tránsito

tránsitos

itinerarios


-sólo es un break para la visión de un mundo cunicular compacto

bloque de celdas del tamaño del universo-



No deja de observarlo

Desde la calle; a través de la vidriera del restaurante, el policía no deja de observarlo. Viene y va pero no deja de observarlo. Responde con amabilidad a la consulta de algún transeúnte pero no deja de observarlo.

La desazón del palestino crece.

La obviedad de su rostro.


Las tres de la tarde

Los vendedores parados ante las puertas de los comercios. De a dos o de a tres; hablando estupideces. De a uno; fumando; cruzados de brazos. Miran el universo de las tres de la tarde que se derrite.


Sesión

La voz del invocado sonríe sus dictámenes irresponsables

comienza a difundirse el desconcierto


La siesta

En el entorno puro de la plaza la siesta.

Sol de la siesta, fundado en la bestializante monodia de las palomas.


Bares

Casi completo el casting del bar. Aún la dama de venenosa peluca rojiza; la estrella menos afortunada visible a simple vista.

La morocha fea –a hurto de su sideman- ya te miró dos o tres veces.

Estos últimos días y noches los pasé –al pie de la letra- en bares. No me interpretes mal; no digo bebiendo. Digo mirando, invocando, estudiando bestias angélicas. Eligiéndoles nombres. Durmiendo brevemente. Olvidando esos nombres.

Es que tantas miradas que llevan y traen sin llevar ni traer, configuran biombos, cortinas y mamparas de colores asordinados entre los cuales es dable sentirse a salvo.

Al entrar en el bar comprobó distraídamente que algunas de sus alucinaciones ya estaban instaladas ante las mesas habituales.

Ahora lo escribo para vos con marcador amarillo fluo; porque extravié mi lapicera escolar a cartucho. Y es fascinante. Los aforismos sórdidos resplandecen como esos slogans optimistas de fin de año.


Cantor

Cantó en su prolongado velorio Goyeneche

cantó mucho y muy penosamente pero en fin

estaba muerto.


Principios

Como el chancho Guevara; como un César cualquiera: odia a sus amigos y ama a sus enemigos.

1 comentarios:

Anónimo 31 de enero de 2011 01:28  

Bárbaro "relatito" "Capítulo Primero: Discipulado".
No me canso de leerlo una y otra vez. Me encanta.
(Ahankara)

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